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sábado, 21 de diciembre de 2013

Acción de Jacán (Cuba) 1895




 21 de diciembre de 1895.-

      Este artículo fué publicado por el  el periódico “La correspondencia militar”, en su número del 3-1-1913, con motivo de la concesión de la Cruz Laureada de San Fernando al sargento Ernesto Santamaría Sampayo por la acción ocurrida en Jacán en diciembre de 1895, por lo que voy a reproducirlo en su totalidad.


Formación de soldados españoles en Cuba.
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      El día 21 de Diciembre de 1895, y a las ocho de la mañana, salieron del destacamento de Jacán (Cuba) el sargento D. Ernesto Santamaría Sampayo y seis soldados, todos del regimiento de lnfantería lnmemorial del Rey número 1, con orden de realizar un reconocimiento hasta 7 kilómetros de distancia del poblado. Hallándose cumpliendo su cometido, viéronse acometidos súbitamente por varios y numerosos grupos de enemigos, que por diversos caminos avanzaban aceleradamente, á las órdenes de Máximo Gómez, Maceo, hermanos Betancourt, y otros significados cabecillas, para invadir la provincia de la Habana y atacar la capital de la isla, antes que desembarcaran los refuerzos enviados de España.


      Como nuestras fuerzas eran muy reducidas en el destacamento, solo pudieron incorporárseles un cabo y cuatro soldados, con objeto de reforzar la pequeña partida y proteger la retirada, si era necesario.
Sampayo intentó avanzar con su tropa hasta una casa próxima para hacerse fuerte en ella, no pudiendo lograrlo por impedírselo el enemigo, que ya la ocupaba, y el cual les cerró el paso por todas partes, haciéndoles imposible la retirada.

       En situación tan crítica ordenó el sargento a su pequeña fuerza formar el cuadro en derredor del tronco de una gigantesca palmera, existente en el bordo del camino que conduce al poblado desde un potrero próximo, para resistir allí hasta el último extremo, trabándose en esta situación un encarnizado combate y contestando aquel puñado de valientes a los repetidos ataques del enemigo con descargas cerradas, hechas con imperturbable calma, a la voz de mando del sargento y al grito de “¡Viva España!”.

       Desconcertado el enemigo ante resistencia tan tenaz y fuego tan acertado como vigorosamente dirigido, vióse precisado a replegarse y guarecerse vergonzosamente en los troncos de los árboles y los accidentes del terreno, apelando a intimarles la rendición, prometiéndoles respetar sus vidas; pero Sampayo y sus secuaces contestaron a tiros, gritando que «los soldados del regimiento del Rey no se rendían nunca».

       Irritados los rebeldes, que sumaban más de 7.000 hombres, ante tan atrevido y temerario reto, lanzáronse repetidas veces al asalto, siendo rechazados enérgicamente cuantas lo intentaron...


      Varias horas duró la viril resistencia de estos titanes, cuyo lapso de tiempo aprovechó el enemigo en simular nuevos asaltos, con el objeto de agotar los cartuchos de nuestros soldados-pues les urgía destruirlos, porque el grueso de la columna insurrecta estaba detenido con toda la impedimenta por obstruir el camino los diez soldados españoles, y a las tres de la tarde, cuando os cobardes «panchitos» vieron que á Sampayo y su gente se se les habían agotado las municiones, trataron nuevamente de rendirlos, porque les vieron aún dispuestos a vender caras sus vidas; pero sólo obtuvieron otra rotunda negativa.

       Esta vez las rebeldes, que habían tenido en la lucha numerosas bajas, cargaron en grandes grupos al machete, y aún hubieron de luchar terriblemente al arma blanca largo rato, hasta lograr exterminar como verdadero festín, aquél puñado de héroes que sucumbieron gloriosamente dando vivas a España, cuando el sargento gritaba: “Morimos defendiendo la bandera de la Patria!. Así cumplen los españoles”. Siendo macheteados y enterrados al pie de la palmera, donde se hicieron fuertes Sampayo y la mayor parte de los soldados, pues sólo se salvaron cuatro que, heridos al comenzar el combate, pudieron llegar maltrechos al destacamento y contar lo sucedido.

Españoles en la manigua.
 
     Los insurrectos cubanos enterraron a los españoles al pié de aquella palmera, el sargento, un cabo y seis soldados que la habían convertido en un fortín inexpugnable y aunque en el relato se puede ver la exageración sobre el número de atacantes, si está demostrado que superaban el millar, que ya son enemigos para tan pocos defensores.

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