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lunes, 1 de abril de 2013

Expulsión de los jesuitas de España 1767

 1 de abril de 1767.-

La Compañía de Jesús es expulsada de España, entre la noche del 31 de marzo y la mañana del 2 de abril. Fue una operación tan secreta, rápida y eficaz como la del extrañamiento de los moriscos en 1609, o incluso más. Los jesuitas eran conscientes del acoso que venían sufriendo, pero no tuvieron noticia alguna de la medida que Carlos III se disponía a tomar hasta el momento mismo de su aplicación. Aunque a lo largo del año el gobierno realizó una Pesquisa reservada entre gran parte de los obispos españoles, no hubo filtraciones sobre su contenido.


Carlos III de España.


      El secreto estaba motivado por la intención de paralizar cualquier maniobra de protesta por parte de los numerosos simpatizantes de la Compañía, sobre todo, dentro del estamento nobiliario y de las clases populares. También se quería evitar que los jesuitas pudiesen huir, enajenar sus bienes, deshacerse de sus archivos y de sus papeles comprometedores, puesto que las órdenes reales incluían la confiscación de los bienes, lo que se conoce como las «temporalidades» de la Compañía. La noche del 31 de marzo en Madrid, y al amanecer del 2 de abril en el resto de España, todas las casas, los colegios, residencias e iglesias pertenecientes a los jesuitas en España y en los dominios españoles de América fueron invadidos por las tropas del rey Carlos III y clausuradas y sus miembros incomunicados. Según relatan las crónicas de la época, la operación fue perfecta.


Expulsión de los jesuitas.


       Ello explica la sorpresa y el miedo que sintieron los jesuitas (como manifestaba en sus escritos el padre Isla), en especial los jóvenes novicios.El monarca justificaba la expulsión afirmando que la adoptaba:

 «por gravísimas causas relativas a la obligación en que me hallo constituido de mantener en subordinación, tranquilidad y justicia mis pueblos, y otras urgentes, justas y necesarias que reservo en mi real ánimo; usando de la suprema autoridad económica que el Todopoderoso ha depositado en mis manos para la protección de mis vasallos y respeto de mi corona...».


Conde de Aranda.


       Los consejeros del monarca, el conde de Aranda y el futuro conde de Floridablanca, tuvieron que ver mucho en ello. Unos 6.000 jesuitas fueron detenidos, amontonados como sardinas en las bodegas de los buques de guerra españoles y transportados como ganado a los Estados Pontificios, donde fueron arrojados a la playa sin contemplaciones.  Al no ser suficientes los barcos españoles para trasladar a los expulsos, el gobierno se vio obligado a contratar naves extranjeras. Todos los barcos fueron acondicionados para el viaje, habilitándose en ellos lugares para dormir y hornillos para preparar las comidas.



Los jesuitas conducidos al puertopara su embarque.

      El Rey actuó sin contar con el permiso de Clemente XIII. Sí tuvo la delicadeza de avisar al pontífice de la decisión tomada, inmediatamente después de ejecutarla. El monarca se cuidó mucho de indicarle que los exiliaba a los Estados Pontificios. Tampoco lo sabían los jesuitas. Clemente XIII respondió diplomáticamente, y fue muy poco piadoso ante quienes habían sido durante siglos sus más acérrimos defensores (recordemos el cuarto voto). Ahora bien, cuando el Papa supo que los expulsos iban a los Estados Pontificios contestó con dureza a Carlos III mediante una bula (con la frase de César al morir a manos de Bruto), diciendo que no los iba a recibir en sus territorios. 
Cuando los expulsados llegaron a Civitavecchia, esperando ser recibidos con los brazos abiertos, vieron cómo eran recibidos por los cañones del Papa, negándoles la entrada. Apareció la opción de dejarlos en la isla de Córcega.



Clemente XIII, el papa que se negó a acoger a los jesuitas en sus territorios.

 Una vez llegaron a buen puerto las negociaciones, los jesuitas pudieron desembarcar en los distintos «presidios» de Córcega, hecho que se produjo entre julio y septiembre de 1767. Allí pasaron poco más de un año, en unas condiciones lamentables. Entre octubre y noviembre de 1768 fueron expulsados por los franceses, siendo llevados de nuevo hacia Italia. Aunque la situación era dramática, renovaron sus esperanzas ante la posibilidad de recalar finalmente en Roma.



Embarque de los jesuitas hacia Italia.

       Tras duras discusiones entre Carlos III y Clemente XIII, el Papa accedió a que desembarcaran en Italia, donde los jesuitas españoles, sobre todo los más cultos, al dejar de existir la Compañía, se trasladaron a Roma y en la Ciudad Eterna encontraron trabajo como empleados de los obispos o como preceptores de los hijos de los miembros de la nobleza. Su aportación a la cultura italiana fue muy importante y los italianos se beneficiaron de sus altísimos conocimientos.


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