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jueves, 6 de septiembre de 2012

Nordlingen

6 de Septiembre de 1522.-

     Tras atravesar el océano Índico y dar la vuelta a África, Juan Sebastián Elcano completó la primera circunnavegación del globo, consiguiendo llevar a término la expedición y llegar al puerto de partida, Sanlúcar de Barrameda  en la nao Victoria, junto con otros 17 supervivientes, lo que suponía el logro de una imponente hazaña para la época. Finalmente, el 8 de septiembre, fue descargada en Sevilla la única nave que había logrado regresar.


Réplica de la Nao Victoria.

"Gracias a la Providencia, el sábado 6 de septiembre de 1522 entramos en la bahía de San Lúcar... Desde que habíamos partido de la bahía de San Lúcar hasta que regresamos a ella recorrimos, según nuestra cuenta, más de catorce mil cuatrocientas sesenta leguas, y dimos la vuelta al mundo entero,.....El lunes 8 de septiembre largamos el ancla cerca del muelle de Sevilla, y descargamos toda nuestra artillería”

                                                                                                                    Antonio Pigafetta
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Azulejo conmemorativo de la primera circunnavegación mundial en Sanlúcar de Barrameda.


     De los 265 hombres que salieron en la flotilla que capitaneada por Fernando de Magallanes, a 18 les cupo la suerte de poder regresar a su Patria al mando de Elcano, después de haber vencido los temporales de toda la redondez de la Tierra; el hambre y las privaciones les habían convertido en espectros.
Otros cuatro hombres de los 55 de la tripulación original de la Trinidad, que había emprendido una ruta de regreso distinta desde las Filipinas, regresaron finalmente a España en 1525.



Ruta de la expedición Magallanes-Elcano.

     La primera vuelta al mundo se había terminado, y con ella se demostraba prácticamente la redondez de la Tierra, ya que marchando siempre en la misma dirección, se llegaba al punto de partida. El emperador Carlos I,  al recibir a Juan Sebastián Elcano, le dio por escudo un globo con la leyenda: "Primus circundedisti me". A España le cabía la gloria de haber descubierto dos de las cinco partes del mundo y el haber medido la magnitud del mismo con las quillas de sus naves.




6 de Septiembre de 1634.-

     Tiene lugar la primera batalla de Nördlingen dentro de la Guerra de los Treinta años que supuso la victoria de las tropas imperiales de Fernando de Habsburgo  y españolas del cardenal-infante Fernando de Austria sobre las suecas de Gustaf Horn y Bernardo de Sajonia-Weimar. Como de costumbre en la Guerra de los Treinta Años, ambos bandos presentan una composición multinacional: destacan en el bando católico los Tercios españoles de Idiáquez, Toralto y Fuenclara, y las tropas italianas al servicio de España de Gerardo de Gambacorta, y los imperiales de Piccolomini. Por los protestantes son los regimientos suecos «Negros» y «Amarillos» los que sostuvieron el peso de la batalla. En conjunto se enfrentaron unos 21.000 hispano-imperiales contra alrededor de 18.000 germano-suecos.



Cardenal-Infante Fernando de Austria.

     Como buen sueco, Horn despreciaba a los españoles, a los que calificaba de "desarrapados soldados" de un imperio en decadencia. Lo suyo es que hubiese entrado en Nördlingen con sus tropas de refresco y, al abrigo de sus murallas, plantara cara al español. Pero no: cegado por las fáciles victorias que había cosechado frente a los ejércitos del emperador, fue directo al encuentro contra los españoles.
Además de prejuicioso y precipitado, Horn no calculó bien cuántos enemigos tenía delante. Mal informado por sus espías, creyó que la hueste imperial no pasaba de 5.000 desmotivados, fatigados y, naturalmente, desarrapados españoles.
Batalla de Nordlingen, por Jacques Courtois.

    Por su parte, Fernando de Austria  supo ver el alcance de la batalla y dispuso sus tropas a las afueras de la ciudad, repartidas por varias colinas, con las unidades de apoyo, bávaros y croatas, en su retaguardia. En el cerro principal, la colina de Albuch, situó tres bastiones; la llenó de infantes españoles, que, como es bien sabido, no se rendian jamás. Todo pasaba por aquella estratégica colina.
La noche previa al combate, mientras planeaban la estrategia en la tienda, uno de los generales españoles, el marqués de Grana, se dirigió al resto del Estado Mayor con estas palabras:

"Señores, en esta batalla nos van muchos reinos y provincias, y así, con licencia de Su Majestad y de Su Alteza Real, diré lo que siento: el peso de la batalla ha de ser en lo alto de aquella colina y de los tercios que están en ella; será necesario enviar allí un tercio de españoles e irle socorriendo con más gente según vaya siendo preciso"


La caballería imperial frena la acometida sueca.


     Fue tal cual había previsto Grana. Los suecos salieron como de toriles a pasar por encima de los imperiales, que se habían colocado a la defensiva. Los españoles ocupaban el Albuch, mientras que sus aliados bávaros se quedaron en el llano asistidos por el tercio del marqués de Leganés, que se había encaramado en la colina de Schönefeld. Las tropas del llano eran el cebo. Dejarían que los rebeldes se desfondasen con ellos para, cuando estuviese la fruta madura, bajasen los españoles de los cerros a recogerla.

    Horn, soberbio pero no tonto, advirtió la trampa y atacó la colina principal.

      Allí esperaba el guipuzcoano Martín de Idiáquez con sus hombres. Fue entonces cuando el prepotente nórdico pudo comprobar lo decadentes que podían llegar a ser los españoles que tanto menospreciaba. Hasta quince cargas envió colina arriba con lo mejor de su ejército, que había, literalmente, sitiado la colina. Mermado de apoyos, a Idiáquez no le quedaba otra que improvisar sobre la marcha, un arte este que a los españoles siempre se nos ha dado muy bien. Se dirigió a los suyos y les dijo con vehemencia:

"Señores, parece que estos demonios sin Dios nos quieren dar la puntilla, y contra nosotros viene lo mejor que pueden poner en el campo, será cuestión de echarle redaños y aguantar firme. Cuando esos demonios amarillos se dejen ver, no quiero que ninguno desfallezca, aguantad firmes ante ellos y esperad a oír la detonación de sus mosquetes, en ese momento todo el mundo a tierra".

El Tercio de Idiaquez en el Albuch.

     Cada vez que disparaban los suecos, los españoles se echaban ordenadamente sobre la maleza, burlando así las balas, para desesperación de los atacantes. En la última carga Idiáquez se tenía guardado otro as en la manga. Según los suecos terminasen de disparar, los españoles se levantarían, harían fuego con sus arcabuces y se lanzarían sobre el enemigo cuchillo en mano al consabido grito de "¡Santiago!". Mano de santo. Los de Horn, impresionados por el alarde compostelano del tercio de Idiáquez, se replegaron primero y luego echaron a correr cuesta abajo.

     El ejército rebelde se descompuso también en el llano. Bernardo de Sajonia intentó contraatacar, pero fue en vano. El cardenal-infante sobrepasó la línea de frente a solas en su caballo y, agitando su sombrero, animó a las tropas a cargar sobre el enemigo.

      Los suecos y sus aliados rompieron la formación hostigados por los tercios, que los iban dando caza como a ratones. Horn fue apresado, y con él 6.000 soldados y toda la artillería. Casi la mitad del ejército luterano había muerto, el restó huyó desorganizadamente en dirección a Heilbronn.


Victoria en Nordlingen.

      Algo parecido a lo que tuvieron que hacer los suecos en toda Alemania. Regresaron a las costas del Báltico a lamerse las heridas y nunca más volvieron a enfrentarse en el campo de batalla con los españoles, esos señores de la guerra, desarrapados, que llevaban más de cien años encadenando victorias.

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